En fin que no he vivido nada. No sé qué cosa es una guerra y tengo como prisión al cuerpo y alma como campo de batalla. Me debato entre la duda de reflexionar o fluir; esto es situarse en el palco de los espectadores, o estar en cada íntimo instante del milagro. Vivo de pedacitos, pero aspiro a la totalidad, es decir a Mozart y al poema que me redima y me revele los espacios absolutos y la nada. Percibo de mí los sitios más secretos: la culpa, una tercera conciencia de las cosas, la dualidad del pensamiento, la ira pequeña por lo que ya ocurrió. Pero he vivido poco. Treinta años. Dos amores de piel y un querer abandonar esta espera que me señala la vida. Anhelo la anarquía, el más tierno desorden del amor, la cábala los relojes de arena y una habitación sencilla. Quiero tener un destino trazado de antemano, encontrarme con Dios y los abismos y no tener conciencia de la llama. Ser la llama misma y la aventura. Pero vengo de soledades últimas, de...
Nah, no lo creo. Recogemos lo que cultivamos. Yo por mi parte, tenía todo muy nublado, y sí, he sentido un puñetazo fuerte aunque no fue como que hubiese visto la mano amagando. Aquí estoy, completamente desubicada y queriendo acomodar este rompecabezas de la forma más sencilla que puedo y tengo de momento. Una vieja amiga, la escritura terapéutica. Mientras pago las cuentas que tengo pendientes, trato de salir de lo más inmediato, de lo que puedo, aún cuando el futuro y el hogar se ven tan difusos... ¿el hogar? ¿qué hogar? 230 mil pesos y yo con contrato laboral suspendido ¡Ser adulto apesta! Aunque si sigo repitiéndome esto tal vez termine por sabotearme la adultez, de la cual disfruto tanto como quiero. Ser adulto no está tan mal, lo malo en mi vida es haber tomado malas decisiones y no creerme aún el cuento de que puedo hacer algo bien (parece que ella no ha salido de los 16 y constantemente se ve así misma llorando detrás del mueble de la sala en su casa en la costa porque...
Y bienvenido, 2026. Justo ahora se me cruza el pensamiento de cómo he logrado durar tanto, jajaja. Yo siempre he dicho que no soy de las que tienen ideación suicida, ¡y no lo soy! Pero para mí la muerte siempre ha sido un pensamiento constante. La muerte como concepto, la muerte como abstracto, como hecho, como arquetipo; la muerte como liminaridad. Cada parte de mí vive aferrada a lo terminal, a lo pasajero, a lo que solo habita en el recuerdo. Como Homero diciendo: “tengo memoria fotográfica”—aun distorsionado el evento, lo que fue también ES si hay alguien que así lo recuerda. Entonces, un evento no es más que un trozo de ficción anclado a la anécdota, a subir una historia o tomar una foto, porque si no aparezco en el feed de alguien, ¿no existo? La existencia se limita a la presencia virtual, ¿o era al revés? Esta especie de realidad, a veces distorsionada, tiene sentido mientras haya una mente que la sostenga. Cada paso que doy va seguido del automatismo de un frame o de un s...
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Viento en el árbol