En fin que no he vivido nada. No sé qué cosa es una guerra y tengo como prisión al cuerpo y alma como campo de batalla. Me debato entre la duda de reflexionar o fluir; esto es situarse en el palco de los espectadores, o estar en cada íntimo instante del milagro. Vivo de pedacitos, pero aspiro a la totalidad, es decir a Mozart y al poema que me redima y me revele los espacios absolutos y la nada. Percibo de mí los sitios más secretos: la culpa, una tercera conciencia de las cosas, la dualidad del pensamiento, la ira pequeña por lo que ya ocurrió. Pero he vivido poco. Treinta años. Dos amores de piel y un querer abandonar esta espera que me señala la vida. Anhelo la anarquía, el más tierno desorden del amor, la cábala los relojes de arena y una habitación sencilla. Quiero tener un destino trazado de antemano, encontrarme con Dios y los abismos y no tener conciencia de la llama. Ser la llama misma y la aventura. Pero vengo de soledades últimas, de...
Y bienvenido, 2026. Justo ahora se me cruza el pensamiento de cómo he logrado durar tanto, jajaja. Yo siempre he dicho que no soy de las que tienen ideación suicida, ¡y no lo soy! Pero para mí la muerte siempre ha sido un pensamiento constante. La muerte como concepto, la muerte como abstracto, como hecho, como arquetipo; la muerte como liminaridad. Cada parte de mí vive aferrada a lo terminal, a lo pasajero, a lo que solo habita en el recuerdo. Como Homero diciendo: “tengo memoria fotográfica”—aun distorsionado el evento, lo que fue también ES si hay alguien que así lo recuerda. Entonces, un evento no es más que un trozo de ficción anclado a la anécdota, a subir una historia o tomar una foto, porque si no aparezco en el feed de alguien, ¿no existo? La existencia se limita a la presencia virtual, ¿o era al revés? Esta especie de realidad, a veces distorsionada, tiene sentido mientras haya una mente que la sostenga. Cada paso que doy va seguido del automatismo de un frame o de un s...
"Estoy segura de que en la cuna mi primer deseo fue el de pertenecer. Por motivos que ahora no importan, debía de estar siendo que no pertenecía a nada ni a nadie. Nací por nacer. Ya en la cuna sentí esta hambre humana y ha seguido acompañándome toda la vida, como si fuese un destino. Hasta el punto de que mi corazón se contrae de envidia y de deseo cuando veo a una monja: ella pertenece a Dios. Precisamente porque es tan fuerte en mí el hambre de entregarme a algo o a alguien me volví bastante arisca: tengo miedo de revelar cuánto lo necesito y lo pobre que soy. Sí, lo soy, muy pobre. Solo tengo un cuerpo y un alma. Y necesito más que eso. Quién sabe si empecé a escribir tan pronto porque, al escribir, por lo menos me pertenecía un poco a mí misma, aunque eso sea solo un triste facsímil. Con el tiempo, sobre todo en los últimos años, he perdido la capacidad de ser persona. Ya no sé cómo se hace. Y una forma nueva de la "soledad de no pertenecer" ha empezado a invadi...
Comentarios
Publicar un comentario
Viento en el árbol